martes, 6 de mayo de 2014

El libro y el sentido

Un ventanal y dos más hermanados en ángulo recto abrazan al lector, quien sumido en la narrativa ajena que hace propia, dispone el libro de manera tal que este sea protagonista y sus brazos, hermanados a él en ángulo recto, ventanales secundarios. Y así las cosas, al distraerse el lector en un punto y coma, y mirando tras el ventanal que el gato blanco y negro juguetea violento con quién sabe qué insecto y cuando pasa y toda la atención está en el jardín que descuidado da lugar al jardinero quien estará en su casa descuidando alguna otra cosa, se percata de su reflejo en el ventanal que le cede protagonismo; y se ve tan viejo, tan solo y tan falto de proyecto que mejor volver al libro donde los actores tienen su propósito, y el desengaño, el amor, la virtud y la muerte sirven a un fin que aunque literario es fin al fin y mejor eso.-

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sueños

Si los sueños son de Borges,
de Coleridge, Freud o míos,
o en la arcada de ese numen
la materia es como el río,

¿Será que no soñamos
más que lo que nos es dado?
¿Son los sueños de otros dioses
estos sueños programados?

Hubo noches y hubo días
que el dormir no fue un sorteo
y es entonces que el deseo
ya no es tal si se devela.

Generoso y execrable
se irá configurando un sueño
en el cual yo soy el dueño
de aquello que fue robado.

Y es un premio y un castigo,
tener lo que se ha perdido,
lo que me ha sido quitado.

¡Qué espejismo tan malvado
es soñar, que me permite
encontrar un muerto amado
y en vigilia estar tan solo!

lunes, 28 de febrero de 2011

El sobretodo negro


No era el cielo azabache, ni el sollozoso viento. No eran ni el frío, ni el filo del puñal, quien destellaba de tanto en tanto, histriónico, sonriendo al reflejo de la Luna. Lo que verdaderamente estremecía, aquel escozor mortífero vibrante en el manto cutáneo de mi ser, ese extremo de terror, sólo podía ser suscitado por aquel sobretodo negro. Aquel harapiento sobretodo negro. Sucio,  impúdico y maldito sobretodo negro. No temí al hombre en sí propio. El hombre fue una circunstancia, un mero bípedo, quien tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino.
Y heme allí, en aquella justa situación. Paseaba por el vasto jardín de mi casa, que habría hecho las veces de escenario para meriendas, juegos sexuales, caminatas…pero nunca de patíbulo. Hace semanas que caminaba por el bosque esperando, buscando un olor propio en la transición, en el crepúsculo, entre la tarde y la noche. Ese día había andado más de lo habitual. Me encontraba más allá de los límites de mi propiedad cuando perdí el pensamiento en mi nariz, entre corteza de nogal y pasto mojado. Súbitamente el viento trajo un llanto y me empujó fuera del trance. A cien metros, un cuerpo arrastrado desde su cabellera, gimoteaba y pataleaba débil e inútilmente por soltarse. No fue un arrojo de bravura, ni la triste empatía de la cual suelen ser víctima los humanos. No fue un sentimiento de justicia, ni la narcisística pedantería del apremio seguidero a un acto de valentía. Aquello por lo cual decidí seguirlos, esa necesidad de posesión… el sobretodo me llamaba, mi herencia me esperaba.
Nunca vi la cara toda del ejecutor, solo atisbé parcialmente su frente, sus ojos verdes, ofuscados ante la sed de muerte. Sí lo vi pincelar el cuerpo de su víctima, manejando el puñal con envidiable maestría y entendí que si quería sentirlo reposar sobre mis hombros, el hondo peso del legado, debía ser astuto, rápido, sigiloso. Si bien fui brusco en algún movimiento, la saciedad de su empresa no le permitió desconcentrarse, y fue esa mi señal. Salté sobre su cabeza con mis codos y rodillas apuntando. Tumbados los dos en el piso, actué como quien se encuentra atento y con un claro objetivo, no puedo decir lo mismo de mi antecesor. Comencé a rasguñar su cara, mis uñas llenas de piel y sus mejillas y ojos, sangrando. En un torpe y desesperado intento, alcanzó a clavar su corto puñal en mi pierna izquierda, transformé el dolor en ira, mientras girábamos abrazados, sentí la fricción de mi tela llamando, no había dudas, era mío. Tras las volteretas conseguí darle un golpe de rodilla en su cuello con fuerza tal que hizo crack. Antes que cualquier pensamiento, tomé lo que era mío y lo vestí.  Los dos cadáveres y yo descansamos por un rato, volcados en el pasto. Sentí en mis párpados que comenzaba a clarear y en la transición, en el crepúsculo entre la madrugada y el día, corteza de nogal y pasto mojado… sonreí.
            Las tardes por el bosque siguen siendo mi leitmotiv, y la persecución y el anhelo de nuevas mezclas sensitivas bajo el abrigo de aquello que poseo… y recelo. Porque evito el contacto con otros hombres. Porque lo quieren para sí, porque pretenden lo que yo tengo, celosos. Esto que es mío, esto que amo y odio, que me aleja, esto por lo cual llevo siempre un puñal en el bolsillo. 

martes, 2 de noviembre de 2010

Sangre

En los pasillos del teatro las luces parpadeaban anunciando el perentorio comienzo del concierto. El afinador ajustaba las últimas cuerdas para el maestro. El típico desproporcionado dorado decorativo, las columnas dóricas, la mágica cúpula, el murmullo preliminar del gentío, sus trajes, vestidos, el olor a palco y a gallinero, todo en suma componía una obra en sí propia.
Afuera llovía, o no. Adentro no había sol ni luna. Adentro era dorado, El Olimpo de nubes doradas, eso, El Olimpo y el maestro el mismísimo Zeus.
En pocos segundos reinó un silencio casi absoluto. Solo se escuchaba a los acomodadores en sus últimos retoques, enseñando a algún bruto aristócrata su lugar de permanencia. El necesario desperfecto del cuadro, el que lo hace más humano y menos deidad, dialécticamente cálido y superficial.
Algún distraído se asustó con los aplausos y el elegante maestro, caminó el escenario. Hizo elegantes reverencias hacia un lado, hacia el otro, al centro y volvió a su banqueta taburete. El joven maestro miró sus palmas abiertas. Primero su diestra y luego su siniestra, olió ambas manos. Gentilmente apoyó su anular izquierdo en el Do grave de la primera octava y así comenzó a sonar Ravel… comenzó a sonar Ravel cuando tendría que estar sonando Debussy, lo cual pasó por alto para aquellos snobs que gustan del Colón por pertenecer pero no a aquellos quienes disfrutan del arte. Extraño pero aceptable. El resto de la primera mitad del programa fue respetada. La gente encantada con su genio trató de evadir el asunto del cambio de programa, aunque inevitablemente fue mencionado, conjunto a reproches sobre alguno que tosía mucho y otro que aplaudía sobre el final de los primeros movimientos.  
Otro juego de luces, silencio y miles de ojos sobre el telón trasero el cual suavemente vibró unos segundos y nada después. Justo cuando el murmullo comenzaba en crescendo a respirar cada vez más fuerte, un desprolijo cuerpo bípedo asomó su carne al escenario. El maestro tenía la camisa fuera del pantalón, algunos botones desprendidos y las mangas abiertas. Agitado y transpirado se sostenía del pesado género fundidos en un mismo escarlata. La sangre apuraba sus muñecas y en medio de los antebrazos se desprendían, gotas suicidas, hacia el abismo. La gente no sabía exactamente como reaccionar ante tal escena, pero a medida que el maestro recuperaba la compostura y se acercaba con fiereza al piano, las voces fueron silenciando hasta que la primera nota calló la última silaba de extrañeza. Sonaba una pieza desconocida por todos, incluso el maestro sentía como aquella melodía nacía y con el alma en sus dedos la música renovaba lentamente sus fuerzas. Y fue en crescendo y crescendo, y la sangre en las teclas, y en el aire, y volaba junto al sonido cada gota rubí, e iluminadas en la corriente, en el hálito mismo de la vida hecha canción, y pintaban así el atónito paisaje de teatro. Cada reverberancia remitía a una muerta armonía anterior, transmigrando el alma misma en cada cadencia, de nota en nota, un renacer que era creación, que era algo nuevo, y, entretanto, del pecho del artista bramaba un grito corto, monosilábico y seco. Aquello que el piano cantaba era la ambientación misma del cielo o del infierno, o quizás en aquellos foros se cante una misma canción y quizás, sólo quizás, el maestro sea el catalizador, sea el encargado de terminar con la dialéctica, sea de quien nació una vez la paradoja viva y señale así el final del tiempo y de la lógica, para escuchar para siempre la música de las esferas.

lunes, 23 de agosto de 2010

Origen

En tu oscuro cuerpo hay
quienes vieron al demonio,
e incapaces de negarte
con ingenio te absolvieron
bendiciendo las aguas aquellas,
donde has purgado tu alma.-

Curioso conjuro de antaño,
nos mantienes aun despiertos.
Resistiendo contratiempos,
prohibiciones religiosas.-

Vástago de Kaedi, pastor de cabras,
has sacudido templos varios ,
movilizando, caprichoso licor despierto,
ejércitos en cada continente.-

Tienes vida dentro tuyo
pequeño grano del cafeto

martes, 17 de agosto de 2010

Misa de réquiem

¿Hasta dónde llegamos? ¿Hasta un extremo insostenible o terminó en el preludio?
Tendremos que vivir con el misterio, perdernos lo que no pasó. Eligiendo se descarta y lo que no tomamos se pierde en un qué hubiera sido.
Tal vez sea loable perdonarnos con el tiempo, si evadimos los rencores, si nos ciñe el olvido imposible. Tal vez, si dejo de quererte, fuese posible madrugar abrazado al aire y no vomitar por dentro. Quizá deje de hostigarme, de culpabilizarme por no haber hecho suficiente, por no agradarte lo suficiente como para que nada más importe. Quizá le eche en cara al tiempo lo inoportuno que se presenta, lo irónico de sus bromas de mal gusto. Asaz impertinente el tiempo, metiéndose donde no debiera, retardando o, en el peor de los casos, condenando al peor de los limbos nuestra empatía perfecta.
Nos veremos en el amor, en la vejez, la enfermedad o en la muerte, arpía de mil abrazos, abogando al recuerdo. Nos veremos en los sueños cruzados y en las posibilidades. Nos veremos al menos, de seguro, en una misa réquiem.

Fragmento



Ellas siempre quieren al malo, se enamoran del golpeador, admiran al bruto. Yo las busco hermosas, inteligentes y absolutamente incapaces de amarme.

Día

Lo fortuito quedara justificado en la libertad de la elección y la imposibilidad de augurar sobre las mismas. No fue la suerte, ni la Kabbalah, más sino el azar quien salpicó brutamente nuestras elecciones y nos aunó, como un comienzo, en el mismo predio de la misma institución. Lo que resultara de ese encuentro destiñe al azar y nos deja con la responsabilidad que nos pertenece. Habrá nomás que hacerse cargo de haber sorteado los obligados tabúes pertinentes a aquello que bien sabemos es lo único que nos separa. Aquello que nos une se pontifica y ante el mero número que pretendió alejarnos, nosotros hilarantes.
Encontrarse es entonces tomar ventaja de lo dado casualmente, eludir criteriosamente las diferencias, escuchar, compartir, opinar, aprender, y, dialécticamente, resultan la estima, el agradecimiento y el respeto. Por esto último es necesario también el esperar algo del otro, no como motor motivante de la acción sino como parte del contrato de este encuentro. En cuanto podemos esperar algo del otro sabemos que este valora nuestro hacer, lo respeta y pretende devolver tal gratificación. No hallo gesto más noble. 

lunes, 9 de agosto de 2010

Tinta

Cuando el sigiloso movimiento paradigmático sea como despertarse viejo. Cuando se haya reemplazado tus haceres por los otros de botones. Cuando ya no importe cargar de un personalísimo valor estético las palabras. Cuando dibujarlas no sea posible. Cuando reír, amar, morir, llorar, sean significantes sin significado, tinta te he de extrañar y en tu lugar una pantalla de ordenador.

Amici

La amistad es un título inexacto, mal ponderado. Un amigo es algo muy fácil de conseguir, requiere de muy pocos méritos. Basta con frecuentar a las personas e intercambiar buenos modales para que este sea considerado lo dicho. Tratando de desmentir la módica carátula distinguimos a los compañeros de los amigos, pero así y todo les dedicamos un momento el día del amigo. La amistad es llenarse los dedos de palabrerío, de falsos afectos, de justificaciones insostenibles sobre el porqué dejamos de vernos, de lo maravilloso que fue conocerte en la vida, de cuántos momentos hemos vivido juntos, de cómo estuviste ahí cuando te necesité y de cuánto te recuerdo en la ausencia. No señor, no se condice el ímpetu puesto en las palabras dedicadas a la carátula seleccionada. Yo esa de que la amistad es lo más importante y te lo digo a vos amigo y a los cientos que reciben este mail, no me la compro. Cuando quieren definir a un amigo no hacen más que definirse a ellos mismos en sus necesidades: “Para mí los amigos son quienes están ahí en las buenas y en las malas, se preocupan por uno, quienes postergarían lo impostergable por socorrerte en un momento difícil, quienes olvidan sus penas para penar las ajenas”. No señor, yo no pido eso de nadie. Quienquiera eso de una persona no es amigo el mismo. Estas hiperbólicas exigencias se corresponden únicamente con el sentir de los padres. No hagan nada de eso por mí, no señor. De nada me sirve un amor forzado. Simplemente sean lo que sinceramente les salga ser y ahí vemos si nos llevamos bien, si nos queremos o si no. 

Fragmento poético

Si la lira de Erato fuera suficiente inspiración,
Si escribiera los versos que tu espalda merece,
Si existieran palabras que me permitiesen
Ahondar los vestigios de tu condición.

Roberto Arlt

Entre el sinfín de equívocos intentos por desvalorizarme, si hay uno el cual me molesta de sobremanera es que se me acuse de squena dritta, siendo, en primera instancia, que la curvatura espinal aquéjame desde niño. Mi postura de semicírculo graduado ha devenido en dolores de todo tipo no siendo los físicos los primordiales sino aquellos dolores del corazón. No tardé mucho en enterarme que un reverso corvo da impresión de tipo abatido y mucho menos demoré en enlazar este entonces nuevo conocimiento a uno anterior: las señoritas los prefieren triunfadores. Di cuenta de que ciertamente mi columna torcida es metáfora recíproca de mis pesares, los cuales me llevaron a despreciar el trabajo, aquellos que fueran impulsados por la lectura, aquella que acostumbro practicar en una silla con el texto sobre una mesa, práctica escoliósica. Si realmente el incesante cavilar fuese comparable a la vagancia, si sólo se reivindicara el trabajo portuario o el cargar ladrillos y bolsas de canto rodado, si sólo las marcas de las manos y las espaldas dolientes fuesen signo de virtud, sería entonces yo mismo un virtuoso dado que las yemas de mis dedos arden por las hojas pasar, el callo del dedo mayor es casi un sexto dedo y no hay vértebra que no cante al tratar de recuperarme erecto tras robarme los pensamientos de aquellos grandes maestros, esos de squena dritta por quienes de ser más tenidos en cuenta, los portuarios y los albañiles no tendrían que trabajar jornadas imposibles, gozarían de buena salud y otros beneficios correspondientes. 

Fragmento de "Lo dicho"

Poco importa si Javier existió o existe. Su fantasma lo enaltece, su legado vive entre los vivos. Ausente burlón hilarante, sombra de malos tratos y buenos modales, viento belicoso frente al estólido murmullo del sofismo, empuja pero no se ve. Ese fue Javier Camacho. Es esa es su herencia. La contradicción, la paradoja viva, el círculo cuadrado, la erudición y la ignorancia, el Aleph, un maestro quien enseñó que en materia de humildad nada puede ser enseñado.
Sea Javier Javier, Borges o el Negro Dolina, el mundo no será el mismo sin su impresentable presencia.

Un dominio

- ¡No, no pongas el guión para abrir diálogo! Bien, ahora la gente me lee creyéndome un personaje, gracias, de verdad muchas gracias. No me siento un personaje, lo que digo lo siento, lo que siento corresponde en algo muy yo.  No soy las frustraciones de un escritor, la cólera de un resentido, ni el amor no correspondido de  un débil dependiente. No soy el culto religioso, ni un teorema forzado (algo así como la frágil imagen de la realidad en un papel escupido con hipotenusas o vaya uno a saber que corno). No, no soy nada de eso. Tengo nombre y autonomía.
¿Ven? No necesito de un guión de diálogo si no lo quiero usar. Digo como se me da la gana y listo. Hago lo que quiero cuando quiero y nada pasa sin mi consentimiento.
- A decir verdad ciertas veces no resisto y me dejo someter. No encuentro mi propio cuerpo y me angustio. Pienso que mi angustia es la de otro y mi pensamiento no es mío en absoluto. Por suerte mi raciocinio es suficiente como para entender que permito que otro sea los zapatos porque a mí me duelen los piecitos y cuando llego a este punto recupero el -
timón. Solo o acompañado, si de algo puedo jactarme es de haber andado caminos. Cuando estuve nostálgico fui un poema para Papá y otro para Mamá. Cuando más sensible, díjele cosas al café y caminé por los márgenes de un río como alumno y discípulo (aunque sospecho que fui también el río). Y en los momentos más difíciles fui una clase novelada de anatomía existencialista con un final terrible.
- Tengo mi carácter, lo sé, pero, más acá de todo, me justifico enormemente. Sé que mi búsqueda es la de seguridad y sé que es en vano, no obstante pido constantemente nuevas oportunidades y trato de dejarme entero en el buscar. Me reduzco en lo difícil que resulta conocer lo asintótico de vivir y ser a la vez fanático de los extremos.-
Si quieren saber de mí pregúntenle a Fanshaw, suele ser mi seudónimo, mi fachada y mis zapatos.
- También pueden

Estólido

Hay innumerables modos de maquillar la idiotez. En donde se confunden la ignorancia y la sapiencia, el justo, reconciliador, lo nombra sofistería, retórica, pleonasmo, y, en el peor de los casos, arte. Los admiradores se inquietan ante el palabrerío e impacientan hasta lograr, conmovidos, que sea esto llamado teoría.